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Sergio Etcheverry

El embarazoso “gaffe” del Gobierno, al anunciar una apertura de fronteras sin consultar a Brasil (y la llamativamente coincidente medida de Bolsonaro de extender la restricción de entrada al país de extranjeros), colocó a Paraguay en una peligrosa dependencia de la voluntad del Gobierno vecino.
Si ejemplificamos lo que hizo Abdo, es como que yo le diga a mi vecino que esta tarde voy con mi familia a pasar la tarde en su patio, pero no le pregunto antes (¿qué le parece vecino?, ¿cómo podemos hacer?. ¿Le parece bien si…?).
Además, es bueno tener en cuenta que Bolsonaro no es partidario de las medidas restrictivas y cuando Paraguay cerró la frontera, lo hizo en forma unilateral.
Ahora, la pelota está en la cancha de Don Jair. El decreto brasileño habla de “ciudades gemelas” (sin más especificaciones ni saber exactamente qué significa) y tampoco aclara cómo se tratará a los brasileños que salen y entran del país (como serían los habitantes de Foz que trabajan todos los días en Ciudad del Este o los que eventualmente pasen a comprar).
Lo único cierto es que la torpeza diplomática (por decirlo en forma suave) nos puso en una delicada posición negociadora: ya metimos la pata y ahora dependemos de la buena voluntad de Bolsonaro.
Todo esto se hubiera solucionado con un poco de tacto… o de pienso, si es que hay algo en el Gobierno.
Digo yo, que no sé nada.