El opio de la Matrix

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Gabriel Ogdon

En su ensayo “Aspectos de una novela”, E. M. Forster escribe: “En cuanto tal, la historia solamente puede tener un mérito: el conseguir que el público quiera saber qué ocurre después”.

Encuentro aquí una idea que me hace pensar en el fenómeno sociológico que representa Netflix, con su multitud de espectadores zombie.

“¿Qué pasará ahora?”

Toda buena serie televisiva asegura mantener viva esta pregunta en el espectador. La forma más efectiva de hacerlo es insertar un cliffhanger, un recurso que sirve para crear suspenso y expectativa.

Aunque es posible rastrear su uso en la literatura, lo cierto es que el cliffhanger, como técnica de escritura, se popularizó entre guionistas televisivos a partir del siglo XX.

En el caso de las series de Netflix, el cliffhanger es algo más que un recurso técnico para dejar entornada la puerta al siguiente episodio. Es un condicionamiento psicológico basado en la adicción. Narrativa, podría pensarse. Sí, narrativa, pero solo en la superficie.

Creemos que miramos una serie porque nos atrapa un argumento. Y es verdad, en parte. Pero, en el proceso, desarrollamos una adicción patológica muy distinta a la que podría generar el relato de un libro, el cual tiene como particularidad regar de ideas el espíritu, multiplicar el sentido subjetivo del tiempo, y aumentar el conocimiento intelectual y la sensibilidad hacia la realidad.

La adicción a las series, en cambio, encubre la adicción a disiparse. Se basa en la explotación de la ansiedad y en la eliminación de toda posibilidad de introspección reflexiva.

Igual que con una droga o el alcohol, buscamos aquello que nos saca de nosotros mismos y nos permita olvidar nuestra propia mortalidad, es decir, el vértigo de estar vivos en un mundo que pocas veces es como queremos que sea.

En el trance de ponernos a ver una serie, no solo somos egoístas en tanto le damos la espalda a la realidad, sino que nos comportamos como espectadores pasivos que apenas influimos en ella.

Esto último es inquietante si pensamos que la adicción a una serie siempre estará destinada a la frustración que provoca un final. La frustración es la resaca del adicto, que entonces busca renovar la dosis.

La complejidad del problema asoma cuando situamos esta dinámica de adicción en un plano de mercado del entretenimiento, que, como un parque de diversiones, debe funcionar las veinticuatro horas del día. Nos damos cuenta entonces que la satisfacción plena de esta adicción, aun si fuera posible, no solo es incompatible con la continuidad del consumo masivo, sino que tampoco es deseable en sí misma.

Que la función termine significa que las luces se apaguen, que la gente vuelva a su realidad más inmediata, que inevitablemente reingrese al tiempo y experimente su propia mortalidad, que, a diferencia de cualquier serie, no concede spoilers de futuro (la vida es incierta), ni maratones de pasado (la vida es fugaz), ni temporadas infinitas (la vida es mortal).

La culminación de la serie no es más que la reanudación de nuestra vida, la cual es un espejo que evitamos mirar en forma demasiado reflexiva. Y eso nos hace sentir miserables, desplazados del confort placentero, y aferrarnos a la siguiente serie.

Netflix es el opio de la Matrix.

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