ENTRE PARÉNTESIS

- por Ψευδώνυμος

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EXPLICACIÓN DE LA METÁFORA DEL TANGO “CAMBALACHE”

¿Qué significa “herida por un sable sin remache…”?

Enrique Santos Discépolo Deluchi (1901-1951) fue el creador de uno de los tangos más emblemáticos de la Argentina: Cambalache (1935). Pero muy pocos conocen la historia detrás de algunas estrofas de esta creación.

“…y herida por un sable sin remache, ves llorar la Biblia junto a un calefón…” Exacta, real, demostrable y creíble; parece mentira que jamás lo explicaran los miles de escribas, literatos e intelectualoides que dicen estudiar el tango.

Sable sin remache” se le llamaba a un gancho donde se colgaba el papel higiénico al lado del inodoro.

La Biblia y el calefón”: se habla de ello y la mayoría no sabe de qué se trata: He aquí la historia de la vida cotidiana, que acontecía en la ciudad de Buenos Aires, y que explica el porqué de la aparentemente surrealista asociación de la Biblia junto al calefón que aparece en el tango “Cambalache”, cuyas letra y música fueron compuestas por Enrique Santos Discépolo en 1935.

La historia tiene relación con los servicios higiénicos, baños, la higiene personal y la forma de realizarla; y como no se me escapa que algunos lectores pueden ser muy jóvenes y puedan no haber conocido otro tipo de baños que los que se estila usar en la actualidad, al menos en el mundo occidental, voy a recordar primero un par de datos que considero necesario sean tenidos en cuenta. Hasta finales del XIX se utilizaban bacinillas, también llamadas “tazas de noche”, cuyos contenidos eran arrojados por las ventanas al grito de “agua va”, y antes aun, letrinas que solían estar en los fondos de las casas. En Buenos Aires, coexistieron bacinillas y letrinas hasta principios del siglo XX, época en que las familias “acomodadas” comenzaron a instalar baños.

Luego el uso de baños se generalizó y se empezó a construirlos en todas la viviendas, aun en las más modestas. El sencillo “mini-ambiente” constaba al menos del retrete y lavabo y si los lujuriosos propietarios de casa gustaban de practicar la costumbre de lavarse todo el cuerpo más o menos seguido, y si además tenían medios económicos suficientes como para costearse ese capricho, los baños también tenían una ducha.

Claro, si había una ducha era necesario calentar el agua, así al lado de la ducha se instalaba un “calefón” (entiéndase calefón como aparato a través de cuyo serpentín circula el agua que se calienta para uso generalmente doméstico”.

Sin embargo, el papel higiénico tardó en obtener su carta de ciudadanía para poder trabajar en limpio en estas sucias tierras y aun cuando apareció era bastante caro y no estaba al alcance de todas las familias, las cuales se veían obligadas a utilizar para esos fines sanitarios el vulgar papel de diario o, en su defecto cualquier otro.

Por supuesto, eran muy estimados los papeles más sedosos, así que los sufridos usuarios trataban de conseguir en las verdulerías y fruterías los papeles con los que venían envueltas las manzanas y otros productos del campo, algunos de estos soltaban tinta… en fin.

Otro muy apreciado era llamado el “papel Biblia”, por ser esta especialmente delgado y suave.

PAPEL. Muchas veces la Biblia cumplía una función higiénica (Gentileza).
PAPEL. Muchas veces la Biblia cumplía una función higiénica (Gentileza).

Ahora bien, ya por entonces existía la Sociedad Bíblica, una de cuyas misiones parece ser la de difundir la Biblia Protestante, para lo cual regalaba ejemplares del sagrado libro, y en la actualidad lo sigue haciendo. Pues muchos de los habitantes de Buenos Aires deben de haber parecido devotos creyentes, ya que aceptaban de continuo esas “gentilezas”, y que siendo mayoría la grey católica, lo mismo pasaban y retiraban la Biblia protestante tantas veces como sabían que la Sociedad las tenía en obsequio en las calles, plazas o en su sede central.

Sin embargo, cuentan los hombres dignos de fe que quienes obtenían esas Biblias, les perforaban una tapa y las colgaban en un gancho de alambre (“sable sin remache”) al lado del calefón, cerca del retrete, e iban arrancando las suaves hojas para usarlas como papel higiénico.

En este hecho se habría inspirado Enrique Santos Discépolo para decir con elegancia propia de un grande: “Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao’ la vida, y herida por un sable sin remache, ves llorar la Biblia junto a un calefón”.

GENIO. Enrique Santos Discépolo (Annemarie Heinrich).
GENIO. Enrique Santos Discépolo (Annemarie Heinrich).

Reescritura de Gustavo Eduardo Olivera de un texto recibido de su amigo Leonardo Ferreira y publicado por el blog Contracambio el 14 de noviembre de 2011.