Stroessner, en una imagen de 2001 (AP).
Stroessner, en una imagen de 2001 (AP).
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Agobiado por diferentes males, el General miraba confuso el horizonte.
Los demonios lo perseguían sin cesar, por donde quiera que él iba, por eso, salió de su fortaleza como todas las mañanas para sentir el aire indulgente que todo lo renueva, y mirar a la distancia… y recordar; porque recuerdos eran todo lo que le quedaba, aunque con el paso del tiempo, estos habían acentuado su olor a hiel.
Abatido y decrépito, se sentó adormilado en la reposera y viajó hacia aquella gloria perversa, casi divina, que alguna vez experimentó (muy lejos de donde estaba en ese momento) durante 35 largos años…
El siglo había cruzado la mitad de su vida y los tiempos eran de violencia. Izquierda contra derecha y viceversa, y en el medio quedaban los cobardes, los que preferían la frase del «no te metás». Los que propugnaban por un país mejor sin importar lo que sucedía a los costados. «Esas son cosas de políticos,» decían al leer en los panfletos de ultratumba el nombre de un desaparecido más, quedando de ese modo en paz con su conciencia. Esa era la gente que le gustaba al General. Esa era la gente que gustaba del General cuando este dictaba el orden en esa isla sin mar (pero con muchos piratas) y que aún hoy sigue siendo un proyecto ambiguo de nación.
El General inclinó más su reposera y sus pies, calzados en sus eternas zapatillas, se hundieron aún más en la arena blanca de un país que a fuerza de resignación tuvo que aprender a aceptarlo, ya que del suyo había sido invitado muy amablemente a abandonarlo hacía más de diez años. «Idiotas,» pensaba una y otra vez durante las mañanas que lo llevaban a ese horizonte extranjero, «no entendieron mi mensaje. La cosa tendría que haber sido café o leche, y no café con leche como sucede ahora. Ahí están…, confusos en la mezcla y desmembrados en la desgracia. Si me hubiesen dejado continuar por lo menos diez años más. ¡Faltaba tan poco para acabar con todo…!»
El viento levantó levemente su sombrero de paja. Lo tomó y se lo puso sobre la cara.