La ciudad y Jorge

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Muchas personas viven sin mirar a su alrededor.

Imaginemos a Jorge. Al salir de la casa, sube al auto y conduce por la ciudad como sumergido en un videojuego. La ciudad le parece un espacio ajeno, extraño, cuyas deterioradas calles nada tienen que ver con sus propias elecciones. Estaciona, baja e ingresa a un supermercado. Finalizadas las compras, realiza el trayecto en sentido inverso, hasta regresar a la comodidad del hogar. Allí abre la primera cerveza.

Nada hay de censurable en el episodio anterior: podría ser la descripción de un momento en la vida de cualquier paraguayo. Pero hay un punto que me interesa: ese “espacio ajeno”, esa ciudad en apariencia separada de Jorge.

Durante el recorrido rumbo al supermercado, Jorge maldice varias veces el mal estado de las calles, los baches infernales, las cloacas desbordadas, los semáforos descompuestos. Pero siempre, de alguna manera, formula estas imprecaciones desde un sitio deliberadamente neutral, en el que él se eleva a sí mismo por sobre los demás, como si estuviera desvinculado del porqué las cosas son así y no de otra forma.

Hasta es probable que si yo le dijera a Jorge que él es responsable en parte del desorden que domina la ciudad, éste me mire perplejo. Entonces, con toda seguridad, me respondería que la culpa es de las autoridades. Pero ¿quiénes son esas autoridades? ¿No somos, en el fondo, nosotros, solo que reflejados en nuestras elecciones?

En la antigua Grecia, la vida del ciudadano era inconcebible sin un grado de participación en los asuntos públicos. Igual de inconcebible era el no partir rumbo a la guerra en caso de que se aproximara el peligro invasor. Quien demostraba indiferencia a los problemas de la polis era considerado un “idiota”, una persona que no merecía, por extensión, la calificación de ciudadano. En otras palabras, no había una separación entre individuo y ciudad. La ciudad como tal era todo menos un espacio ajeno.

Las personas como Jorge no son conscientes de que toda autoridad se funda en la voluntad ciudadana. Y a ella se debe. Pero la pregunta es qué ocurre cuando esa voluntad es indolente incluso en relación con las implicaciones que poseen sus elecciones electorales, única dimensión en que suele pensarse, por lo general, el ejercicio de la ciudadanía.

No es casualidad que muchos invoquen la idea de ciudadanía solo como excusa para prodigar quejas a los políticos de turno, desligándose al mismo tiempo de toda noción de responsabilidad comunitaria. Porque la verdad es que nos cuesta pensar que el hecho de que la ciudad esté sumida en el más profundo deterioro sea producto, por supuesto, de la negligencia de las autoridades, pero también de la indiferencia de una ciudadanía que no hace esfuerzos por articularse como un actor vigilante de la gestión gubernamental. Ni hablar del desinterés que mostramos en construir un auténtico proyecto de cambio social que represente a diferentes sectores de la sociedad.

En definitiva, las autoridades son indiferentes al cumplimiento de sus deberes porque son un reflejo de nosotros como ciudadanos: indiferentes a la cosa pública. El ejemplo más típico de ello es esa plaza que muchos tenemos en nuestro barrio. Un paseo ocasional basta para que descubramos, aquí y allá, restos de cigarrillos, latas, botellas, papeles y envoltorios plásticos asomando entre matas desbordadas. Terminan de componer el paisaje el revoloteo de moscas alrededor de montículos de basura y el aire triste de hamacas oxidadas.

Mientras, en su casa, Jorge apura la décima cerveza y se queja de que la ciudad está hecha un desastre.

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