28 C
Asunción
martes 19 enero 2021

La palabra que nace

In principio erat Verbum. Al principio era el verbo.

Must read

Por eso nadie debería comenzar una columna que se proyecte en el tiempo sin hacer referencia a la palabra en sí, que es por donde se deslizan las ideas con que nos representamos el mundo.

Nada de empezar como si nada, pues ése es el camino del vai-vai, del vyrorei, del hacer por hacer y claudicar en cualquier momento.

Si hemos de dibujar una ventana por donde mirar cada semana lo que pasa en Paraguay, en la región o en el mundo (tal la intención de esta columna), que sea para recuperar la magia hacedora del lenguaje. Es decir, que ahí donde hoy vemos una pared, que mañana aparezca una abertura que permita que la mirada sea libre de salir a confines insospechados y regresar con vientos de cambio, con cantos extraños, con alguna rana habladora.

Todo vale si agrega movimiento al ambiente, si lo dota de vida y airea esa casa que cada uno construye a su medida, pero en la que también se encierra muchas veces de manera egoísta.

Así que, en esta primera entrega, querría, antes que nada, rendir tributo a la palabra, al poder nombrar las cosas.

Primero, la palabra que destella, que crece bajo la lluvia, que pasa volando entre los oídos. La palabra que se parece a la risa de una madre o de una abuela. La palabra que alivia como una sombra, que protege como escudo o se enfurece como flama.

Luego, ¿por qué no?, la palabra que es pan diario de este oficio de pensar el mundo, de intentar comprender su esencia. La palabra, tan usada y gastada, pero, al mismo tiempo, tan indispensable para el devenir humano, para abrir la puerta de la memoria y enunciar: “Sí, recuerdo… Esa historia pasó…”.

Pero no solo quiero quedarme con la palabra como registro del pasado, sino como sentencia del presente, como remo para bogar por el mar caótico de los acontecimientos. O como ensueño: “Coloco estos ladrillos que, algún día, podrán observarse desde las estrellas. Mi Gran Muralla China…”

De pronto mis pies tocan la tierra, y la palabra es una marcadora de límites. Con ella puedo decir: “Siempre quise esto”, pero también: “Ahora no puedo aquello”. Es la palabra sobria, la que enseña paciencia. La palabra como pájaro de la lucidez.

Pero si la palabra es pensar, no solo puede servir para contenerse, sino para avanzar hacia otros espacios, hacia lo otro, hacia lo distinto. La palabra que busca intercambio, diálogo, comprensión. La palabra como logos, como voz de la razón.

Esa misma palabra luminosa es, además, la palabra que anochece, la moneda que se da la vuelta. La palabra como sin razón, como salto en paracaídas, como vertiginoso vuelo. La palabra del poeta.

En todo caso, siempre me llega la palabra como espejo fiel del tiempo. La palabra a veces no pronunciada para poder escuchar mejor en silencio. O esa otra palabra que, cuando brota, es el eco espontáneo de una espera, de una búsqueda, de algo que deseamos que el otro descubra como un misterio a ser resuelto.

Al final, la palabra que reivindico es la palabra como música, como recompensa del momento, como celebración del destino. Esa palabra, que, cuando se escribe con fervor, con apasionamiento, con necesidad de mirar el fondo de las cosas, ninguno escribe en realidad, porque se escribe sola.

Quizás sea la palabra que escribe una mano inmemorial, la que ya escribía desde antes del origen y la que seguirá escribiendo cuando las arenas del tiempo se disuelvan.

A su modo, la palabra es una cuestión de fe.

- Advertisement -

More articles

- Advertisement -

Latest article

A %d blogueros les gusta esto: