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LA PAMPA DE GRANITO

Este relato, de tan simple estructura, tiene sin embargo un sentido oculto. Su autor, el uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917), nos ayudará a desentrañarlo. Nada más lejos del realismo que sus símbolos.

Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza, ni una arruga; triste y desierta; triste y fría; de indiferencia; bajo un cielo de plomo.

Y sobre la pampa estaba un viejo gigantesco, enjuto, lívido, sin barbas, estaba un gigantesco viejo de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos de este hombre como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz, tajante y dura como un segur; y sus músculos, recios como el mismo suelo de granito; y sus labios no abultaban más que el filo de una espada. Y junto al viejo había tres niños ateridos, flacos, miserables; tres pobres niños que temblaban junto al viejo indiferente e imperioso, como el genio de aquella pampa de granito.

El viejo tenía en la palma de la mano una simiente menuda. En su otra mano, el índice extendido parecía oprimir en el vacío del aire como en cosa de bronce. Y he aquí que tomó por el flojo pescuezo a uno de los niños, y le mostró en la palma de la mano la simiente, y, con voz comparable al silbo helado de una ráfaga, le dijo: “Abre un hueco para la simiente”, y luego soltó el cuerpo trémulo del niño, que cayó sonando como un saco mediado de guijarros, sobre la pampa de granito.

“Padre”, sollozó él, “¿cómo le podré abrir si todo este suelo es raso y duro?” “Muérdelo”, contestó con el silbo helado de la ráfaga; y levantó uno de sus pies, y lo puso sobre el pescuezo lánguido del niño; y los dientes del triste sonaban rozando la corteza de la roca, como el cuchillo en la piedra de afilar; y así pasó mucho tiempo, mucho tiempo; tanto que el niño tenía abierta en la roca una cavidad no menor que el cóncavo de un cráneo; pero roía, roía siempre, con un gemido de estertor; roía el pobre niño bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, como la pampa de granito.

Cuando el hueco llegó a ser lo hondo que se precisaba, el viejo levantó la planta opresora; y quien hubiera estado allí hubiese visto entonces una cosa aún más triste, y es que el niño, sin haber dejado de serlo, tenía la cabeza blanca de canas; y apartole el viejo con el pie, y levantó el segundo niño, que había mirado temblando todo aquello.

Esa desolada pampa es nuestra vida

“Junta tierra para la simiente”, le dijo. “Padre”, preguntó el cuitado, “¿en dónde hay tierra?” “La hay en el viento, recógela”, repuso; y con el pulgar y el índice abrió las mandíbulas miserables del niño; y le tuvo así contra la dirección del viento que soplaba, y en la lengua y las fauces jadeantes se reunía el flotante polvo del viento, que luego el niño vomitaba, como limo precario; y pasó mucho tiempo, mucho tiempo, y ni impaciencia, ni anhelo, ni piedad, mostraba el viejo indiferente e inmutable sobre la pampa de granito.

Cuando la cavidad de piedra fue colmada, el viejo echó en ella la simiente, y arrojó al niño de sí, como se arroja una cáscara sin jugo, y no vio que el dolor había pintado la infantil cabeza de blanco; y luego levantó al último de los pequeños, y le dijo señalándole la simiente enterrada: “Has de regar esa simiente”, y como él le preguntase, todo trémulo de angustia: “Padre, ¿en dónde hay agua?” “Llora; la hay en tus ojos”, contestó; y le torció las manos débiles, y en los ojos del niño rompió entonces abundosa vena de llanto, y el polvo sediento la bebía; y este llanto duró mucho tiempo, mucho tiempo; porque para exprimir los lagrimales cansados estaba el viejo indiferente e inmutable de pie sobre la pampa de granito.

Las lágrimas corrían en un arroyo quejumbroso tocando el círculo de tierra; y la simiente asomó sobre el haz de la tierra como un punto; y luego echó afuera el tallo incipiente, las primeras hojuelas; y mientras el niño lloraba, el árbol nuevo criaba ramas y hojas, y en todo esto pasó mucho tiempo, mucho tiempo, hasta que el árbol tuvo tronco robusto, y copa anchurosa, y follaje, y flores que aromaron el aire, y descolló en la soledad; descolló el árbol, aún más alto que el viejo indiferente e inmutable, sobre la pampa de granito.

El viejo tenía en la palma de la mano una simiente menuda

El viento hacía sonar las hojas del árbol y las aves del cielo vinieron a anidar en su copa, y sus flores se cuajaron en frutos; y el viejo soltó entonces al niño, que dejó de llorar, toda blanca la cabeza de canas; y los tres niños tendieron las manos ávidas a la fruta del árbol; pero el flaco gigante los tomó, como cachorros, del pescuezo, y arrancó una semilla, y fue a situarse con ellos en cercano punto de la roca, y levantando uno de su pies juntó los dientes del primer niño con el suelo: juntó de nuevo con el suelo los dientes del niño que sonaron bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, erguido, inmenso, silencioso, sobre la pampa de granito.

El mensaje

Esa desolada pampa es nuestra vida, y ese inexorable espectro es el poder de nuestra voluntad; y esos trémulos niños son nuestras entrañas, nuestras facultades y nuestras potencias, de cuya debilidad y desamparo la voluntad arranca la energía todo poderosa que subyuga al mundo y rompe las sombras de lo arcano.

FIN

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