La robocracia nunca duerme

- por Sergio Etcheverry

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Por la pandemia, pararon las clases, los trabajos, los ubers y los muvers, el fútbol, las hamburguesas y las cervezas, los shoppings y los restaurantes, los stand-ups y los conciertos, pero hay algo que nunca duerme: la burocracia que roba, o robocracia.
Deberíamos estar emocionados y aplaudir a esos esforzados empresarios y funcionarios que, en plena pandemia que ha golpeado económicamente al mundo entero, supieron igualmente medrar… o al menos lo intentaron, en el caso que nos enteramos.
Pillados en su intento de introducir “cualquier cosa” en lugar de lo especificado en la licitación, dos empresas, pertenecientes a un mismo grupo empresarial, fueron sumariadas, imputadas, suspendidas y/o clausuradas (esto aún no está muy claro) luego del escándalo de otras importaciones de hacer pasar gato por liebre (o medicamentos indios en lugar de brasileños).
¿Será la primera vez que lo hacían? Seguramente no. ¿Será la última que alguien intente lucrar (o lucre) indebidamente con las ventas al Estado? Seguramente no.
El daño ya está hecho: la enorme partida de insumos no vinieron y acá estamos, navegando la pandemia con lo que había, donaciones e intentos de compra en el mercado interno.
¿Aprenderemos algo de esta pandemia, en relación a las compras del Estado?
Se me ocurren tres puntas del tema: en primer lugar, formar una generación de funcionarios honestos, comprometidos y formados o seleccionarlos de los que ya están trabajando. En segundo lugar, fortalecer los organismos de control ya establecidos y que sus resoluciones tengan peso (y no estar haciendo comisiones más comisiones con simple peso declarativo o “blanqueador”). Y por supuesto, una Justicia sin compromisos que pueda efectivamente castigar a los que intenten tomar ganancias indebidas con la plata de todos. Seguramente encontraremos funcionarios y otros que aún no lo son, que quieran y sepan hacer bien las cosas. Lo que no parece muy claro es si las instituciones están dispuestas a cambiar y darles lugar y poder.
Hace 2 años, hablé con un chico brillante que ingresó a una institución pública. “Voy a cambiar mi departamento, hay muchas cosas que no me gustan y gente que saca dinero extra”. Nunca más lo contacté. No quiero desilusionarme.