Películas que no te dejan dormir

En 2019 el género renovó sus fuerzas con filmes como Midsommar o Mandy, que hicieron crujir las mandíbulas. Ya se anunciaron propuestas aterradoras para 2020.

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El año 2019 ha sido sugestivo y bienaventurado en lo que se refiere a películas de terror. Filmes como Midsommar, Us, It 2 o Mandno solo han sido de las mejores dentro de su género, sino probablemente de lo más destacable de este año en el cine en general. Casi todas ellas podrían enmarcarse en lo que Noel Carroll en el brillante (y aun insuperable) ensayo sobre el género, “Filosofía del terror o paradojas del corazón” llamó “terror-arte”: Stephen King, las obras de Goya, el monstruo de la saga Alien diseñado por H. R. Giger, El fantasma de la ópera o la serie Tales from the Darkside. Pero acaso lo notable de estas películas no solo sea su calidad, su originalidad, su porosidad para dejarse atravesar por otros géneros, sino que también son narraciones que dialogan con nuestro presente. Si el cine, como escribió el crítico Jacques Daney, es “el arte del presente”, estas películas, desde sus imágenes, hablan de nuestra contemporaneidad, conectando con problemáticas y fenómenos sociales actuales. Después de todo, vivimos en el milenio que comenzó, en lo que cine de terror se trata, con un cambio paradigmático: la adaptación de American Psycho, en la que el protagonista, monstruo, psicópata y villano… es un yuppie capitalista.

El cine de terror sufrió muchas evoluciones y cambios a través de su existencia, pero tal vez la más importante haya sido Psicosis. O como dice la ensayista Silvia Schwarzbock en su libro Los monstruos más fríos: “Que la protagonista de Psicosis sea asesinada en la mitad del film y el film siga adelante con el asesino como protagonista revela una imaginación estética que, en 1960, no necesita politizarse ni leerse en clave política”. Pero hoy sí, 50 años después, vemos la escritura política en la evolución de un género en la que permitirse la simpatía con el villano fue un gesto inaudito, como luego lo harían (aunque con el camino más allanado), El silencio de los Inocentes o la serie Bates Motel.

Midsommar, de Ari Aster.
Midsommar, de Ari Aster.

A pesar de esto, el cine de terror nunca ha tenido buena prensa. Y si bien es cierto que, por cada buena película de terror, desde Psicosis a Tiburón, It follows, El conjuro, Green room o Sinister hay decenas de ejemplos de cine basura, vale la pena detenerse en las excepciones para rescatar un conjunto de películas sobresalientes.

Us, una de las grandes películas de este año, fue dirigida por Jordan Peele, el mismo director que tomó al mundo por sorpresa con su opera prima, dos años antes, Get Out. En esta, una cruza imposible del clásico Adivina quién viene a cenar con una capusotteada a lo “Padre Progresista”, un afroamericano era el sujeto de un experimento de pesadilla americana. Así como en la película de culto de Sam Fuller, White Dog, un perro era entrenado para atacar a gente de color, en Get Out una perfecta familia liberal recibía al pretendiente de su hija con el oscurísimo proyecto zombificador de utilizar los cuerpos de los afroamericanos para transmigrar a blancos ricos con sus cuerpos ya en franca decadencia. Us también retoma las tramas familiares, lo que hace ya de Peele (coproductor también de la excelente BlacKkKlansman, de Spike Lee en la que, un policía judío, a pedido de su jefe afroamericano se infiltra en el KKK fingiendo ser un supremacista blanco) el portador de una línea autoral clara. Pero aquí se mete con una trama más densa políticamente, histórica y materialista: tras el orden social, pujante, normal y aparente de la sociedad de consumo americano en la superficie, late debajo una sociedad de una economía del horror y de lo monstruoso, que produce para los de arriba, pero debe alimentarse con los desechos de aquella. Como bien señaló su director, Us (nosotros) también podría significar “U.S.”, o sea Estados Unidos. Ubicada temporalmente a mediados de los 80, en plena era del reaganismo la película comienza mostrando la famosa campaña Hands Across America, que consistió en personas de todo el país tomándose de la mano por 15 minutos formando una cadena humana en todo EE. UU. como acto simbólico para combatir la pobreza. En Us la familia Wilson (seguramente un guiño al cuento William Wilson de E. A. Poe) descubre que es perseguida por una familia idéntica, sus dobles, casi sin facultad de habla y con movimientos de zombis. Como declaró el director al sitio A V club: “Los que sufren y los que prosperan son dos caras de la misma moneda. Nunca podés olvidar eso. Necesitamos luchar por los menos afortunados.” ¿Se conseguirá algo más marxista en el país del sueño americano?

Us, de Jordan Peele, llegó luego de su celebrada película Get Out.
Us, de Jordan Peele, llegó luego de su celebrada película Get Out.

El caso de la perturbadora Midsommar de Ari Aster, también muestra, como en el caso de Jordan Peele, que dos películas bastan para encontrar una búsqueda autoral, una temática de obsesiones y una mirada singular. Pero si en el caso de Peele son las diferencias de clase y el miedo al otro –hay al menos dos grandes películas que abordan el tema de la otredad en el cine de terror contemporáneo, y con idéntico título: Los otros de Alejandro Amenábar y Los otros (The strangers) de Bryan Bertino– el motor creador en el caso de Aster, desde su asombrosa opera prima, Hereditary, son las diferencias culturales y de edad, las que imprimen el espanto. Como en ese clásico del cine de horror y hasta pionero de cine independiente (la cámara en mano, las originales escenas oníricas, la mirada a cámara de los no-actores en exteriores) que es El Bebé de Rosemary, en la que una gerontocracia de vecinos bonachones representa al anticristo en Manhattan, Aster escruta, también, sectas y cofradías familiares. En un presente en que las instituciones clásicas (desde la pareja y familia “tradicional” hasta los partidos políticos) dieron lugar a terapias alternativas que van desde el mindfullness al coaching “ontológico” (¿estaría Heidegger de acuerdo con el uso de esta palabra?) o la fraseología de “que fluya” o (la más negadora del hombre como motor de la historia) o “si sucede conviene”, Midsommar palpita un paisaje idílico, soleado y nuevo “new age” de un país nórdico. Es un terror a las sombras en una película que transcurre a plena luz del día, con una juventud vintage como el más hipster de los festivales de música, y en las que las tradiciones folclóricas velan una sociopatía xenófoba y eugenésica. El solsticio de verano es el lugar perfecto para que una comunidad supremacista blanca y sueca (con símbolos muy similares a la esvástica o a la cruz gamada) desarrolle un terror folk, que más bien debería llamarse terror volk. Midsommar es más que el relato sobre una crisis de pareja: es una inteligentísima alegoría sobre el nazismo. Pero en vez de imágenes de “saludables” campamentos de verano con jóvenes rubicundos que asan salchichas y se ríen (como los que filmó Leni Riefensthal en El triunfo del espíritu), hay un mensaje sutil, premonitorio y actual, sobre un fundamentalismo de ojos azules como el que engendró la masacre de extrema derecha en Noruega en 2011.

Mandy, esa otra salvajada de cine de terror con finas pinceladas de ciencia ficción y distopía y estrenada solo en festivales y cines arte, fue dirigida por Panos Cosmatos. Su padre, George Cosmatos, dirigió Cobra, filme de culto con Sylvester Stallone, y joya involuntaria del cine más filo-fascista estadounidense en la que el protagonista se la pasa “ajusticiando” latinos y chicanos en la mejor tradición de cine reaccionario de películas como Harry el sucio. Mandy comparte con Midsommar no solo un mundo de sectas que bajo conceptos como como “luz” y “energía” encubren lo más tétrico de la humanidad, sino una de las puestas en escena más difíciles de conseguir en el séptimo arte: la del desnudo masculino. En Midsommar es Christian, engañador engañado, el que termina arrojado a la ignominia, despojado de su ropa y depredado después, luego de esa invitación a una fecundación más cercana a las costumbres de una mantis que a las de una orgía. En Mandy es la extraordinaria escena del desnudo del actor Linus Roache, su impotencia sexual y su vergüenza (y más importante: la sonrisa y la burla femenina) la que desatan una pesadilla neo-gótica que tiene como protagonista al Nicholas Cage más desquiciado de su carrera (lo cual, es decir bastante). Ambas escenas tienen un doble logro político, un nuevo efecto de sentido dentro del género: no solo equiparan una balanza en la que el desnudo voyeur femenino siempre fue prioritario, sino que vienen a contar que lo que antes les sucedía a esas chicas vírgenes huyendo en topless de un maniático con hacha, motosierra o máscara de hockey… ahora les puede ocurrir a los hombres.

It, chapter 2, sobre la novela de Stephen King, y del director argentino Andy Muschietti, no tuvo el impacto de la primera, pero es una película de terror muy por encima de varias del género. Fue Muschietti quien declaró que el payaso asesino tiene mucho en común con Donald Trump (también objeto de burlas, críticas y reproches constantes desde la cuenta de Twitter de King). “Él hace exactamente lo que hace el payaso”, dijo. “El payaso está tratando de dividir a ‘Los perdedores’ todo el tiempo, de ponerlos en contra entre ellos y debilitarlos”, dijo refiriéndose al grupo de protagonistas que conforman los héroes de It. La comparación entre presidente y bufón no necesita explicaciones.

Pero el 2020 también hará agitar el corazón y respirar por la boca. Por caso, además, de Bacurau veremos la española El hoyo, ganadora al premio de mejor película en el Festival de Cine de Sitges (el primer festival de cine fantástico del mundo) e inauguró la semana del Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, en 2019. Su éxito en festivales hizo que la plataforma Netflix la comprara inmediatamente (estrenará en enero de 2020). El hoyo es una película política y alegórica, pero a la vez con cierto grado de abstracción: observamos a dos personas por nivel, en una especie de prisión futurista, que recibe de comida las sobras “de los de arriba” y cuyos despojos luego consumirán los que están debajo de ellos. Pero nadie sabe cuan cerca está de los niveles superiores… o los inferiores. Si el clásico del novelista inglés J.G. Ballard, Rascacielos, mostraba un edificio lujoso donde las clases altas competían hasta la muerte por los comoditties del edificio, El Hoyo es su revés, o, mejor dicho, su extremo caníbal.

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