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Pabla y Chiruzo

La Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Resolución 66/170 para declarar el 11 de octubre como Día Internacional de la Niña y reconocer los derechos de las mismas y promover su empoderamiento y el cumplimiento de sus derechos humanos”.

Es abrumador que en pleno 2020 aún se escuche casos de vulnerabilidad de derechos de las mujeres y sobre todo de las niñas en todo el mundo. Se conocen de prácticas nocivas hacia ellas por cultura, tradición, religión, control de fertilidad y sexualidad, por el honor de la familia, situación económica, fines estéticos, toda excusa es válida para hacer de ellas objetos, decidiendo por ellas, pasando por encima de su dignidad y marcando para siempre su futuro. Confieso que recién me entero de la conmemoración de este día y me parece un alivio que exista esta resolución para visibilizar a nivel internacional sus derechos y la lucha por los mismos.

Es interesante investigar y leer un poco e interiorizarse en estos temas, más aún si se es madre de una niña. Me aturde la idea de pensar que una hija mía pudiera vivir alguna experiencia donde no se le respeten sus derechos, el hecho de pensar en que no pudiera elegir o la obliguen a hacer, decir o comportarse de tal manera o decidir sobre su cuerpo mancillando su dignidad. Nos horrorizamos de algunas prácticas en otros países, lugares bien lejanos y nos engañamos diciendo que de este lado del mundo no existen esas costumbres denigrantes (mutilaciones genitales, matrimonio infantil, prohibición de estudios básicos, anillos de latón, etc.) pero en nuestro país nuestras niñas viven situaciones similares, vulneradas en sus derechos e integridad física. (criadazgo, violaciones, embarazos infantil).

Hablando desde mi experiencia. Nuestros niños y niñas deben ser criados dentro de la equidad de derechos. Sin distinción de sexo. Porque todo tiene su origen en el seno familiar, ahí empieza todo. Fui parte de la crianza machista dentro de una familia donde las mujeres debíamos servir al hombre. Lavábamos los platos sucios de mis hermanos cuando se levantaban de la mesa, planchábamos sus camisas, cuando apenas podíamos utilizar una plancha. La limpieza de la casa nos tocaba a nosotras mientras que los varones no tenían ninguna consideración para mantenerla limpia. Y de cuidar a los hermanos menores en vez de estar jugando con las amiguitas del barrio. O comportarnos de tal manera porque o sino oñe’ê vaíta nde rehe si salíamos solas. Tenía que usar como excusa que iba a estudiar en casa de una compañera para poder salir con ellas a pasear por la ciudad en moto. Una diversión inocente que debía ocultarla detrás de una mentira porque no me era permitido divertirme sanamente. Y callar si algún degenerado por la calle se sobrepasaba conmigo, creyendo que era mi culpa por venir sola del colegio. Estas cosas arrastré hasta la adultez y luego la cosificación la normalicé. Si el trato de igualdad se fomentaba dentro de mi casa, la historia hubiera sido muy diferente.

Si empoderamos a nuestras niñas y educamos a nuestros niños dentro de la equidad y respeto desde el seno familiar, no lamentaríamos tantos casos de feminicidio, de agresiones y denuncias por desigualdades laborales. No estoy dando una solución mágica a esta problemática, sino dando mi testimonio a este Día de la Niña, porque un día fui una, de quien aprendí lecciones que hoy me hizo romper patrones.

Por la niña que fuimos, por la mujer que somos y las niñas que criaremos.

El resto es vyrorei.