Pabla y Chiruzo

En una columna anterior hablaba sobre la edad perfecta para ser madre, y mencionaba que no existe, que debiera ser cuando una se siente emocionalmente preparada y que sobre todo la maternidad no debe ser presionada, exigida y menos cuestionada a las que no desean ser madre. ¿Por qué no tenés hijos? Tenés que tener ya porque ya sos grande. ¿Quién te va a cuidar cuando seas vieja? Y cuando recién pariste, ¿para cuándo el hermanito? Son unas de las tantas preguntas y comentarios típicos que escuchamos las mujeres, incluso de las mismas mujeres cuando se entra a los treinta años de edad.

Pero cuando una decide serlo llegando a los cuarenta, nuevamente es incomodada con preguntas, comentarios fuera de lugar, como los de los que se creen Pitágoras haciendo cálculos matemáticos de cuántos años vas a tener cuando tu hijo cumpla los 15.

En una consulta médica, un traumatólogo me preguntó el motivo por el cual estaba buscando recién un hijo porque yo ya era mayor, ya era tarde. Camino a casa me puse a llorar, pero por no contestarle como correspondía. Por haberme quedado callada y no ponerlo en su lugar. Por sentirme avergonzada por buscar ser madre a una edad madura. Por dejar que alguien que no me conocía tuviera ese poder de hacerme sentir mal.

Todo ocurre en su momento, ni antes ni después. Tenía que experimentar muchas cosas antes en mi vida, sanar heridas, aprender lecciones, madurar. Evolucioné y sobre todo comprendí el concepto de la maternidad. Lo que había vivido hasta entonces me ha preparado para esta nueva y más importante faceta. Tengo la mente más que clara, sin otras distracciones que me desvíen de mi único objetivo: mi hija.

Hoy soy madre de una niña y será un hermoso trabajo criarla, formar a una mujer capaz, agradecida con la vida y con Dios, segura e independiente para poder enfrentarse a una sociedad que aún le falta madurar con los derechos de la mujer; a no reprimir su voz ni bajar la cabeza ante cualquier prejuicio que sufra por sus elecciones y decisiones, a levantar su voz ante la injusticia. Enseñarla a no callar ante prejuicios de género, y saber que la mujer hoy es capaz de realizar, opinar, debatir, sobre todo lo que se le ocurra si siente que cuenta con la capacidad de hacerlo, que ella tiene la libertad de vestirse como mejor le parezca sin tener que dar explicaciones de ello, saber decir “no” si alguien intenta sobrepasarse con ella y a no tener miedo si se ve en una relación amorosa tóxica y peligrosa. Y si decide ser madre a los cuarenta, que no debe aguantar ningún comentario que la incomode, ella estará segura de que será una excelente madre y si opta por no serlo que no le importe la presión de la sociedad y que eso no le sacará méritos a sus logros.

Hay tanto trabajo por hacer y tan poco tiempo. Pero mientras llegue el momento de que abandone el nido disfrutaré cada instante con ella, esta etapa de su niñez, la más pura del ser humano que solo se vive una vez. Seguiré explorando el mundo caótico y maravilloso de la maternidad, descubriendo y acompañando paso a paso su crecimiento entre risas y juegos. El resto es vyrorei.