RINCÓN DEL VYROREI: No estás solo – por Pabla Thomen

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Pabla y Chiruzo

A veces llegan regalos inesperados de personas inesperadas que resultan ser mensajes para prepararte para algo. O esa voz interior que te advierte que va a suceder algo pronto, pero te negás a escuchar porque te da miedo de solo imaginar que pueda ser cierto. El famoso: “algo luego me decía que iba pasar esto”, o, “yo sabía luego”.
Uno de los mejores regalos que recibí fue un libro. Y ni siquiera fue de parte de un familiar, ni de ningún novio, ni siquiera de un amigo de años. Simplemente de un compañero de trabajo que de la nada sintió ganas de sugerírmelo y me lo regaló.
Para no hacerle el desaire con el detalle inesperado, leí las primeras páginas que fueron suficientes para seguir leyendo y terminarlo en escasos días. Me voló la cabeza, tenía mucho sentido y sobre todo me preparó para lo que vendría dos años después: la partida de mi mamá. En ese momento, cuando me regaló el libro, él estaba lidiando con la enfermedad de su madre. Creo yo, que ese era el objetivo de aquel detalle, él estaba en sintonía para recibir y entregarme aquel mensaje premonitorio.
Mi mamá sufrió de depresión muchos años. Incluso desde mucho antes de que yo naciera. Venía arrastrando cosas de su infancia que desencadenaron esa enfermedad. Ninguno de sus hijos y mi papá pudimos entenderla. Si no la padeciste es difícil comprender. Se cae en el error de decirle a la persona depresiva: “Dale, ponele onda”, yo fui de las que tuve esa desubicada expresión. Tanta era nuestra ignorancia sobre la enfermedad que los malestares físicos que ella tenía los atribuía a su depresión y nosotros le creíamos, pero resultó que algo más letal y fulminante se estaba incubando dentro de ella: cáncer. No lo pudimos detener porque se lo detectaron muy tarde. En escasos días, después del diagnóstico, mi mamá falleció.
Un tiempo antes de su muerte, cada vez que iba a visitarlos a mi ciudad natal, Concepción, tenía la imperiosa necesidad de grabarla y fotografiarla en sus actividades diarias. Me acuerdo que me preguntó por qué la estaba grabando mientras estaba haciendo cocido quemado. “Es para recordarte”, le dije. Tanto ella como yo nos asustamos de mi respuesta espontánea.
Todos tenemos esa voz interior que nos habla, nos advierte, nos guía, pero no la escuchamos porque estamos inmersos en vyroreíses y la ponemos en “mudo”. Esa intuición si la desarrollamos, o simplemente, le hacemos caso cuando habla fuerte, nos podría ayudar a anticipar y evitar muchas cosas. Yo le hice caso y pude despedirme de ella regalándole un hermoso viaje a las cataratas del Iguazú por su aniversario de bodas; fotografías que las atesoraré por siempre.
El libro que llegó a mis manos de manera sorpresiva me ayudó a entender la muerte, a comprender que estamos en este mundo para aprender lecciones, a mirar desde otra perspectiva las malas experiencias, porque son lecciones que nos ayudan a madurar, aprender y mejorar como personas.
Después de su muerte empaticé con ella, me puse en su piel y sentí todo lo que ella sufrió en silencio y me dolió, lloré, padecí crisis depresivas y ataques de pánico. Yo las superé porque mi ayuda vino a tiempo. Vino con cuatro patas y una cola. En mi columna anterior hablo de él.
El libro que empecé a leer es de Brian Weiss, un psiquiatra estadounidense que en una sesión de hipnosis, que era parte del tratamiento que realizaba, su paciente empezó a experimentar regresiones, es decir, recordaba vidas pasadas. Esa experiencia le hizo replantearse muchas cosas de su carrera médica. Él era un escéptico a todo aquello que no estuviera comprobado científicamente por tanto le tomó veinte años decidirse a escribir el libro contando esa vivencia por miedo a que desacreditara su carrera como psiquiatra. Ese libro me hizo sentir más compasión por mi madre. Y sobre todo me dio la ilusión de que podría volver a esta tierra y tener la oportunidad de hacer todo diferente. Ella seguro aprendió mucho, pero no encontró el apoyo que necesitaba.
La depresión no solamente afecta a la persona que la padece sino también a las que la rodean. Comprendí tarde sobre esta enfermedad. Ella ya no estaba.
Historias como esta hay miles. Este relato es más que nada para compartirlo con quienes están pasando por lo mismo y esta vez me encantaría ser la mensajera y decirles a cada uno: «No estás solo, te entiendo».