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Pabla y Chiruzo

¿Quién no creyó cuando uno era chico que sus padres serían eternos? ¿Que siempre estarían en sus vidas? ¿Que la muerte nunca los tocaría? Hasta que llega el día que la misma es inminente. Que ya no hay vuelta atrás. Y ese momento es como ver acercarse y no poder hacer nada para evitar un tsunami que arremete con toda su furia para dejar estragos en tu vida y cambiarla para siempre. Con el golpe quedás totalmente desorientado y en shock que no te das cuenta de que ya partió, y después viene otra ola que nuevamente te sacude para dejarte en claro que nunca más en tu vida le volverás a ver, esa segunda ola es la ausencia que con el tiempo se hace más difícil y ahí es cuando el dolor se hace más fuerte y descontrolado. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero no es verdad, solo te obliga a resignarte y convivir con la pena.

Cuando la partida es reciente, podés todavía sentir su olor dentro de la casa, te acordás de la última conversación que tuvieron hace unos días, todavía quedó en la heladera la comida que preparó, la ropa que se cambió y dejó sobre la cama, y tenés la sensación de que vas a escuchar su voz llamándote del otro lado de la habitación. Cuántas llamadas perdidas dejamos acumular en el registro de nuestro celular, cuántos wasap olvidados por responder, cuántas visitas canceladas. Y cuando pasa el tiempo, caés en la cuenta de que ya no tendrás esas llamadas que te preguntaban cómo estás y esos mensajes de texto quedarán últimos en la lista del wasap y nunca los borrarás y te aferrarás a ellos. La palabra NUNCA, jamás estuvo más presente en tu vida y te repetís en voz alta: nunca más le voy a ver, nunca más le voy a escuchar. Nunca, nunca, nunca.

La muerte es la única cosa irreversible, que no se puede deshacer, no se puede enmendar, cambiar de opinión, devolver. Ocurrió y listo, la persona se va para siempre, sin retorno, por más que lo esperemos, por más que roguemos por su regreso, el tiempo cruelmente te dice que NUNCA eso será posible y tenés que acostumbrarte a su ausencia después de que nada físico quede de ella, después de aquel resto de pan dulce que dejó en la heladera que debiste tirar al basurero, después de que se evaporó su perfume de la almohada que usó la última vez, te aferrás a su recuerdo mirando sus fotografías porque sentís que la memoria te va fallando y no la recordás con sus detalles, te reclamás: ¿Por qué no la observé más? ¿Por qué no le tomé más fotografías?

En un mes como este, pero hace nueve años mi madre partió de este mundo. En nuestras reuniones familiares es como un ritual acordarnos de ella, de su zapatilla voladora, de su alma aguerrida, de su capacidad multifuncional, de su cocido quemado de cada mañana, de su infaltable tereré con su jarra de aluminio enfrente de nuestra casa debajo del árbol de chivato, en esa casa que alguna vez fue bulliciosa con sus siete hijos, y hoy solo impera el silencio y el vacío que su partida dejó. Partió un día de noviembre, un día que hasta el cielo lloró.