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Pabla y Chiruzo

Cuando uno vive en el extranjero y ves tu país desde afuera lo valorás más y te das cuenta de que todos los países tienen sus problemas y conflictos.

Incluso el país modelo como se lo tenía a Chile demostró que debajo de la alfombra tenían escondidos sus problemas que el pueblo, al final, los expuso a través del estallido social de hace un año, dejando al descubierto muchas falencias en su modelo económico y sobre todo en lo social.
Me gusta que seamos un país sin igual. Nuestra cultura, costumbres, creencias y sobre todo nuestro idioma oficial, el guaraní, nos diferencian e identifican. ¿O me van a decir que van a encontrar al Pombero en EE. UU.? o ¿acá en Chile? Yo piso Paraguay y ya me da miedo toparme con él (y no es broma). Nuestros abuelos y padres nos han contado cientos de historias del Jasy Jatere cuando niños para dormir la siesta. Cuando me mudé a vivir sola, mi perro Chiruzo me tenía que acompañar de noche hasta la cocina o dormir conmigo en la habitación por mi miedo de que apareciera uno de nuestros monstruos mitológicos con los cuales nos hicieron asustar para obedecer. Les temía más a ellos que a ladrones que pudieran entrar a la casa.
¿Y quién no ha despertado con el singular olor del azúcar y yerba quemados con carbón para el tan deseado cocido quemado? ¿Y saciar la sed con el tereré con mucho pohã ñana, herencia de nuestros ancestros? Y díganme, ¿no es más chocante un insulto o más dulce un elogio dicho en guaraní? O esa maravilla que todos tenemos de fusionar el español con el guaraní creando una genial y única forma de hablar que debería ser el tercer idioma oficial: jopara.
Vivo hace cinco años en Chile. A mi marido chileno le resulta llamativo y simpático la peculiaridad de nuestro idioma, tanto así, que incorporó algunas palabras en guaraní a su vocabulario que las alardea cuando andamos de visita por Paraguay. Los infaltables: kaigue, argel, nderakóre, hína, piko, aichejáranga, vyrorei.
Veo con tristeza cómo los mapuches, pueblo originario chileno, no lograron esa magia de traspasar su cultura, idioma, creencias, costumbres, a sus mestizos. No se dejaron conquistar fácilmente, la facción rebelde se mantuvo hasta el día de hoy luchando por sus tierras, con ataques incendiarios, provocando zozobras en el sur del país, donde fueron relegados. Pero aun así, la sangre no es agua, su alma combativa está presente en cada uno de los chilenos y la mejor prueba de ello fue el estallido social de hace un año que puso el país de cabeza y recordó a los gobernantes que el pueblo es el soberano.