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Pabla y Chiruzo

Una de las cosas que me encanta hablar es de mi perro. Y sé que a muchos les pasa lo mismo. Hay una generación de doglovers que va en aumento porque a medida que nos damos cuenta de lo que significan como compañeros les damos el lugar y el valor que se merecen en nuestras vidas. Ellos mimetizan con nosotros, con nuestra personalidad, nuestras actividades, nuestros temores e inseguridades, adaptándose perfectamente a nuestra rutina que hasta la persona más solitaria se siente acompañada. Hasta llegan a parecernos físicamente nuestros amigos peludos. Incluso hay estudios de investigación que avalan esto. Lo que pasa es que ellos nos conocen a la perfección porque nosotros nos mostramos ante nuestro compañero tal como somos, no fingimos, no disimulamos, no usamos ante ellos esa careta para salir a la calle e interactuar con quienes constantemente nos juzgan, nos califican. Incluso con nuestras parejas, amigos, familiares nos contenemos para mantener las buenas relaciones y la armonía. Pero frente a ellos podemos sacar nuestros peores demonios, estados de ánimo vergonzosos que no permitiríamos que nadie más viera, nos sentimos en una real confianza porque sabemos que guardarán el secreto, no te juzgarán, no te criticarán, no se burlarán, no te molestarán. Porque sabemos que estarán a nuestro lado y su amor y lealtad son incondicionales.

Cuando adopté a Chiruzo en 2012 no quería que fuera un perro faldero, que no buscara todo el tiempo mi atención; esperaba que fuera independiente, cuidador, un protector. Cuando creció, físicamente no era intimidante, era petiso, y las patas chuecas que no fueron impedimentos para cumplir uno de mis requerimientos, ser camorrero, así como también independiente, buscaba su espacio y momento para estar solo. Rápidamente se convirtió en mi reflejo, adoptó mi personalidad. No era muy lúdica por tanto él tampoco lo fue. Si jugábamos lo hacíamos correteándonos por la casa, él me mordía, yo le devolvía la mordida emulando a un perro, jugábamos duro, nada de vyrorei, y yo terminaba con el brazo colorado y la boca llena de pelos. Después del juego cada uno por su lado. Nuestra conexión era tal que él sabía cómo hacerme saber que se sentía enfermo y también sabía interpretar mis miedos, como era el caso de mi fobia por los ratones, que empezó a cazarlos cual gato cuando se encontraba con uno.

El 23 de septiembre fue el Día del Perro Rescatado. Gracias a Chiruzo rescaté a casi diez perros más. Aunque en realidad la que fue rescatada aquella mañana de marzo del 2012 fui yo.