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Pabla y Chiruzo

Es tan triste y desalentador leer noticias como la del caso de Alexa quien denunció el manoseo por parte del sacerdote Silvestre Olmedo. Y pese a que los jueces reconocieron que se cometió el hecho del cual se lo acusaba, fue absuelto. Sinceramente, viendo esto y otros muchos casos, ninguna víctima de cualquier tipo de abuso quiere denunciar, por miedo a quedar mal, a que la señalen, a que la cuestionen, a la vergüenza. Y preferirá tragarse el trauma, la rabia, la impotencia, el dolor, perjudicando su salud mental callando ese momento que nunca debió existir, reviviéndolo día a día en su cabeza, imaginando diversos escenarios de cómo debió actuar ante ese acoso, ese abuso, esa violación, ese hostigamiento; arrastrándola a tratamientos psicológicos, afectando su vida, su autoestima y en algunos casos provocando su suicidio por no saber canalizar su trauma y su dolor. En Chile, donde vivo, está un caso en curso, el de Antonia Barra, víctima de violación, quien decidió terminar con su vida después de ese atroz acto. Al violador se le ordenó arresto domiciliario mientras continúa el juicio. Eso provocó la indignación del pueblo quien habló más fuerte y la Justicia reaccionó cambiando el dictamen a prisión preventiva.

A lo que voy, no solamente en Paraguay ocurren estos casos donde la injusticia pisa fuerte, pero es la gente la que debe tener pie de gigante y aplastar estas atrocidades y evitar que sigan ocurriendo, porque hoy es Alexa, mañana puede ser tu hijo, hija, tu sobrina, hermana, hermano, o vos quien esté en esta situación. Y no quiero que te sientas desamparado por la ley. Que te rompan el alma y que el verdadero culpable no reciba el castigo que se merece. VOS NO SOS EL CULPABLE y no debés cargar con nada que no te corresponda.

Entiendo a estas víctimas. Fui una de ellas en mi niñez. Fui una Alexa, pero con mis apenas 10 años. Dejé de ir a mis clases de primera comunión y de participar como monaguillo porque un sacerdote le pareció tan hermoso mi lunar que tengo sobre mi labio superior de la boca, que le dio un beso. Nunca se lo dije a mis padres, ni a mis hermanos, a nadie. Me callé. Desde esa vez, solo asistí a misa por obligación. Mi relación con Dios fue directa, con mis oraciones en mi soledad. Jugábamos con mi hermano, celebrando misa en casa, lo sabíamos de memoria, incluso hacíamos nuestras propias confesiones.

¿Por qué lo cuento ahora? Porque sí. Porque debemos aprender a no callar, pero sobre todo debemos aprender a escuchar a las víctimas, a empatizar con ellas, a no juzgar y hacerlas sentir que no están solas. De lo contrario, si seguimos así, con el dedo acusador a las víctimas, tratando sus casos como vyrorei, el que triunfa es el agresor, que seguirá impune para seguir con sus atrocidades satisfaciendo sus bajos instintos con personas vulnerables, que no tienen ningún tipo de apoyo familiar, económico y mucho menos legal.