Sobre cuentas y números II

- Por Ing Agr. Carlos M. Rocca

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Luego del portazo que dio el Vasco cuando se fue ofuscado, pensé que difícilmente volviera a poder cruzar una palabra con él. Es un tipo memorioso, muy memorioso y no suele perdonar fácil las ofensas.
Le juro, mire… no pasaron ni quince minutos que el Vasco irrumpe medio vehementemente en el local. Da un par de pasos en mi dirección, se vuelve a la salida, se detiene, se vuelve nuevamente y avanza en mi dirección. Le miro las manos… pienso en Tyson… mientras se va acercando hacia mí y cuando pone una mano en mi hombro pienso que cuánto me saldrá la cirugía reparadora; por suerte, solo se disculpa como solo él sabe hacer y los que lo conocemos, entendemos: un gesto cerrando los ojos y dando un suave cabezaso hacia abajo y la derecha. Se sienta nuevamente en la silla, se sirve un vino sin pedir permiso -los amigos no piden permiso para servirse un vino, y ya que aún estaba su vaso sobre la mesa…- y, mirándome fijamente me dice: “No entiendo lo que me quiso decir. ¿Por qué me trajo a cuento lo de la cosecha pasada…?” “Mire Vasco… es un error muy común creer que todo lo que uno cobra es “ganancia”. Si prestó atención -que no tengo dudas que lo hizo- habrá escuchado eso de Margen Bruto..” “Sí, por supuesto”, me dice separando el vaso de la boca. “Bueno, le repito con otras palabras: el Margen Bruto es más o menos como la cuenta de almacenero: ingresos menos gastos o costos directos (CD)” Para simplificarlo, se lo escribo en una servilleta: MB=I-G
“Pero los gastos -aclaro- no son TODOS los gastos que tiene. Se entiende por gasto a lo que se consume directamente en la producción que sea y en el año; en su caso, sería el gasoil, la semilla, los fertilizantes, los agroquímicos: son los (CD)”. Me mira fijo asintiendo con la cabeza. “Usted también tiene OTROS costos, pero son indirectos, o sea, COSTOS INDIRECTOS (CI), y son los costos en que incurre, aún sin hacer producción”. Me vuelve a mirar, pero con mirada interrogadora… “¿Cómo que tengo costos si no tengo producción…?”, me dice dejando el vaso en la mesa… “¿Mire… si usted no hace NADA en su campo… tiene que pagar impuestos, servicios, etc.?”. “Obvio” dice golpeando la mesa… “Cada día son más altos y no siempre es fácil pagarlos. Mire.. hace 10 años, con la bruta seca, no crecía ni el pasto. Luego, vino la inundación… tres años para poder volver a pisar con el tractor… esos años sí que costó pagar los impuestos…”. “Bien… entonces, si hace una producción, ¿por qué debe pagarlo usted y no la producción?”. “Sí, pero, así y todo, la plata sale de mi bolsillo…”, me dice. “Es cierto… y no lo es. Es un tema contable… para ordenar los números y saber cuánto ganó en realidad y poder evaluar inversiones”. “No lo entiendo…”, agrega. “Mire, como le dije antes, hay CD y CI. Los costos indirectos son los impuestos, los servicios a terceros (secado de granos, fletes, por ejemplo), amortizaciones, intereses…”. “¡PARE!, reacciona, “¿Qué intereses?, ¡si yo no pido un préstamo para hacerlo!”. “Bueno, en economía, el dinero recibe un interés por estar en una producción. Es el costo de oportunidad del capital. Por la maquinaria, debe pagar amortizaciones, ya que se supone, que al final de su vida útil (de la máquina), usted debería tener el dinero para comprar una nueva; y además, por haber decidido comprar maquinaria, ese capital DEBE generar interés”, le explico. “Cómo es eso? ¿Debo pagar para tener mi propia maquinaria? ¿Cómo hago las labores”. “Y.. sí, debe pagar. La alternativa es llamar a contratistas…” -me interrumpe- “Pero si contrato a alguien DEPENDO de sus tiempos, su disponibilidad, su… lo que sea”. “¡Exactamente! -exclamo sirviéndole un poco más de vino y pidiendo otra botella al mozo-,ESO es lo que está pagando: la oportunidad de las labores. Y por tener un capital inmovilizado en fierros, DEBE pagar. Lo mismo por la chata, las sembradoras, los demás aperos.”. “¡Esto ya no me está gustando! Al final voy a perder dinero. ¿Usted me está diciendo que DEBO pagar un interés y amortizaciones por MIS fierros?”, pregunta desconfiado.“Ni más ni menos”, le contesto con una sonrisa.
Sacudiendo la cabeza, el Vasco, nuevamente se levanta de la mesa cabizbajo y, boina en mano, se retira apesadumbrado.
Pero, estimado lector… la historia con el Vasco no termina ahí.

*J.T. P Cátedra de Manejo y Conservación de Suelos
FAUBA
rocca@agro.uba.ar