Pistolas y ahorcados

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Que la lectura no puede forzarse me parece evidente. A ello se debe el fracaso del sistema educativo y sus planes de lectura obligatoria.

“Lectura obligatoria”. Qué horrible expresión. Me hace pensar en una pistola que me encañona.

Por lo menos en lo que a mí respecta, siempre leí por mí mismo. Nunca me obligaron.

“Pero vos tuviste una buena educación…”

Ni tan buena, diría. De hecho, si me pienso como producto de un sistema educativo, soy uno bastante mediocre, debido a los experimentos didácticos que padeció mi generación.

Miguel Hernández, el poeta español, aprendió a leer poesía cuidando rebaños. En otras palabras, era campesino y vivía en un medio alejado de la literatura. No creo que su educación, si la tuvo, haya sido la gran cosa.

Quizás solo se trate de que la gente es más estúpida hoy que en el pasado. Pero, entonces, ¿por qué el Elogio de la Locura, de Erasmo de Rotterdam, parece desmentirlo?

¿Cuántos leen hoy ese librito genial? Me acuerdo que lo leí de más joven, y me fascinó. Me parecía increíble que un libro antiguo, aburrido en apariencia, contuviera tanta ironía, tanta agudeza crítica.

Otro libro genial que sigue esa línea de la mordacidad es, sin duda, Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais. Dele palos a la teología, a la sociedad, a la política, a las instituciones, a todo.

Nunca olvido la forma en que el gigante Pantagruel, aquejado por las ganas de orinar en medio de una batalla, acaba ocasionando una inundación de proporciones bíblicas. Esto, por supuesto, contribuye a la victoria.

¿Cómo puede ser que un joven de ahora, inclinado a la rebeldía y al exceso, como lo estuve yo en su momento, no pueda sentirse atraído por ese tipo de relatos? Me gustaba que la Estulticia le diera palmadas en la cola a la Europa del siglo XVI. Erasmo me parecía un punk cristiano del Renacimiento.

Supongo que un motivo para que nuestro hipotético joven se pierda de los divertidos retratos del Elogio de la Locura, o de las disparatadas ocurrencias de Gargantúa y Pantagruel, puede ser el desinterés por estos libros. Por todos los libros. Pero si leer no puede imponerse bajo ninguna excusa, ¿qué hacer? ¿Enseñar la literatura de otro modo?

Sé que no es una respuesta, pero creo que, en la medida en que la aproximación a la literatura se realice desde la gravedad académica, se termina ahorcando a posibles lectores.

Los libros siempre hablan de la vida y, en el mejor de los casos, los encontramos en tanto nos sumergimos en ella. Entonces, un día, podemos escuchar cómo un libro cualquiera nos habla. A nosotros. A nadie más.

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