Reyes de la verdad

0
43

¿Cómo es posible que uno escriba algo en una determinada red social y, al instante, otra persona, en muchas ocasiones alguien desconocido, nos interpele de una manera que dista mucho del diálogo respetuoso y se aproxima más bien a la injuria cruel? Por no mencionar el modo en que las palabras ajenas (idealmente, herramientas de diálogo), en ciertos casos, relucen como cuchillos que se obstinan en juzgar de manera gratuita en lugar de tenderse como puentes de comprensión.

Pese a la proliferación de las redes sociales, pienso que Twitter sigue siendo el caso más evidente del problema enunciado: un espacio en que cualquiera tiene la posibilidad de entrar en el jardín generosamente compartido por otro, pisotear sus flores y marcharse como un huracán que solo deja vestigios.

No pretendo analizar la legitimidad que cada uno tiene de expresar lo que se le plazca en Twitter, sino en detenerme, al menos brevemente, en un extraño fenómeno que observo hace tiempo, y que conduce a los interlocutores a asumir posiciones de combate antes que de acuerdo, a apelar a la calumnia fácil antes que cultivar un espíritu conciliador. Es decir, me interesa pensar en cómo puede cobrar forma esa cultura que generaliza la invectiva entre unos y otros.

Por supuesto, al pensar en ello, surgen más dudas que certezas, más preguntas que respuestas. Expreso algunas:

1. ¿Por qué el otro siempre puesto en sospecha, juzgado sin más propósito que el de encajar en un molde deseable para nuestra concepción del mundo, para nuestras ideas, valores e inclusive prejuicios?

2. ¿Por qué esta obstinación en emular a Procusto, forzando a que el cuerpo del otro coincida con las dimensiones de la cama que estamos dispuestos a ofrecerle, aunque ello privilegie el uso de la sierra, en caso de que sea muy grande y haya que acortarlo, o del martillo, en caso de que sea muy pequeño y haya que estirarlo?

3. ¿Qué dice de nosotros esta incapacidad de entrar en contacto con pareceres que desencajan con el escenario de una vida que intentamos construir a la medida de nuestros caprichos?

4. ¿Cuándo volvió a gobernarnos el ánimo de caza de brujas, de censura, de rechazo hacia aquello con lo que no somos capaces de transigir por el motivo que sea?

Poco importa, la verdad, qué aparato ideológico sostenga nuestras convicciones. Al final del día parece primar una cada vez más normalizada predisposición a silenciar al otro, al que es distinto a nosotros, al que no puede, debido a su inevitable singularidad, ejercer la función de ser nuestro espejo.

¿Será que nos convertimos en la neurótica madrastra de Blancanieves, que vive asomada al espejo encantado para reforzar, una y otra vez, su disparatada egolatría?

El caso es que se trata de algo más complejo que una necesidad narcisista. Sin darnos cuenta, somos hijos del discurso de la guerra, del triunfo a toda costa, cuya factura puede ser la destrucción, la insensibilidad, la violencia. Invocamos las fuerzas del oráculo, ya no como precaución ante el destino, sino para erigirnos como paladines de una verdad que no admite réplica. Una verdad histérica, deseosa de imponerse a cuantos sean capaces de arrodillarse ante ella. Queremos ser reyes de nuestros minúsculos reinos privados.

- Advertisement - Instalación de vidrios templados

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.