RINCÓN DEL VYROREI: Mangos y algo más – por Pabla Thomen

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Pabla y Chiruzo

Hace algunos días una seguidora me envió una fotografía de mangos que cayeron de su árbol. Fue una fotografía que me causó tanta emoción porque esa fruta me evoca recuerdos y nostalgias y no solamente en mí sino también en muchos compatriotas que viven en el extranjero. Y quienes vivimos afuera de nuestro país valoramos y extrañamos hasta los detalles más insignificantes de nuestra tierra guaraní. Mirar las brasas de un asado cualquiera es suficiente para transportarte al momento cuando nuestras mamás o abuelas las usaban para quemar la yerba con el azúcar, con ese olor inigualable que siempre estará en nuestra memoria.

Cada vez que veo un mango acá en Chile no aguanto la tentación de agarrarlo y olerlo con grandes suspiros pensando que ahora es su temporada en Paraguay; nuevamente se verían veredas amarillas cubiertas con este manjar y bolsas para que camiones de la basura se la lleven para tirar porque cada árbol, que cada casa tiene, produce en demasía. Ese recuerdo de ir con una bolsita a recogerlos a la calle son historias increíbles para aquellos que no tuvieron esa experiencia y deben pagar por uno cerca de 15 mil guaraníes al cambio. Siempre lo menciono cada vez que tengo que pagar por uno acá en Chile (mango rosa importados). Una sola fruta apenas cabe en una mano por el considerable tamaño en comparación a las nuestras que son más pequeñas, pero más dulces, olor más intenso y con una carga de emociones inigualables al llevarte al momento exacto debajo de su árbol, con un balde o palangana con agua, más de doce mangos en su interior y junto con tus hermanos u otros parientes disfrutabas de ese instante que quedó grabado en tu memoria para siempre. Y ese recuerdo se convierte en nuestro mejor tesoro al encontrarnos lejos de nuestras querencias.

Tanto fue mi añoranza que le pedí a mi hermana que me trajera una semilla para plantarla en mi patio y traer un pedazo de Paraguay a mi hogar, pero de la aduana no pasó. Está prohibido ingresar al país con productos naturales que podrían dañar su biodiversidad. Ahí terminó mi sueño.

¿Quién no se trepó alguna vez a un árbol de guayaba o de yvapurũ para arrancar las frutas, limpiarlas con la remera y comer sin lavarlas. Recordar eso mientras te tomás su jugo envasado marca premium que ni se acerca al sabor verdadero de la fruta que lo comías gratis en tu niñez en el interior del país. Es lo que me toca vivir ahora que estoy lejos: comprar mandioca peruana (yuca) y pulpas de mangos envasados y congelados, mamón en conserva, ni punto de comparación con el dulce de mamón casero paraguayo.

Esto es una pequeña parte de lo que esta paraguaya extraña de su país. Ya me tocará volver una vez que la pandemia nos dé un respiro, todos estemos fuera de peligro y nuevamente podamos viajar sin miedo para el tan esperado reencuentro con nuestras raíces. Pero mientras, me conformo sumergirme en mis recuerdos y mantenerme a salvo del virus que no es vyrorei y nos está azotando a todos.

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