UN VIAJE DE IDA – por Gabriel Ogdon

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Gabriel Ogdon

En una cultura que privilegia la celebridad a toda costa, asumir como escritor una posición de relativo anonimato puede constituir una forma de replantear las posibilidades de la literatura, la cual se tambalea desde hace tiempo entre las directrices de un mercado basado en el lucro y la declinante validación del mundo académico como ámbito de referencia de la “buena literatura”.

Ningún escritor ha llevado el anonimato tan lejos como Thomas Pynchon.

Mucho se ha escrito sobre él como genio o fraude de la literatura posmoderna, sobre su carácter recluido, su supuesta fobia social, su estilo críptico. Francamente, no me interesa repasar nada de eso. En gran medida, porque, a medida que avanzo en la lectura de su obra completa, voy sospechando que el anonimato de Pynchon no es una estrategia publicitaria.

Cada vez estoy más convencido de que lo que Pynchon pretende (lo que siempre ha pretendido) no consiste tanto en velar su imagen pública como escritor, sino en asegurar determinadas condiciones de lectura de su obra.

Al no poder acceder sus miles de lectores a declaraciones suyas en medios de prensa o redes sociales (al renunciar a ser un “opinólogo”, un intelectual investido de gracia), solo nos queda disponible el acceso a sus libros si lo que queremos es adentrarnos en su visión del mundo. Es como si Pynchon, desde el silencio, nos dijera con su habitual ironía: “¿Te intereso? ¡Pues ven a buscarme!”. Para colmo, ninguno de sus libros es breve, ni lineal en términos argumentales, ni de fácil lectura en cuanto a estilo narrativo. Cada libro supone un desafío, un esfuerzo, un salto al precipicio, una carrera por campos minados de sorpresas y desconciertos.

En otras palabras, al desfigurarse Pynchon como autor público, refuerza, de alguna manera, la literatura como dispositivo artístico cerrado en sí mismo. Establece un rito de lectura, de “desvelamiento de la obra”, en palabras de Martin Heidegger.

En el esquema de Pynchon, que, dicho sea de paso, hace todo lo posible como escritor para confundir a sus lectores (como si no le importaran o solo deseara jugar con ellos en el patio de un manicomio), la literatura opera como una experiencia estética reservada para quienes manifiesten un interés casi obsesivo por ella, una voluntad lectora inquebrantable en medio de un sinfín de distracciones diarias, un auténtico deseo de extraer, de una momentánea suspensión de la realidad cotidiana, las llaves que abren la compuerta de su mundo secreto.

Solo entonces, traspasado el espejo, asistimos a la desbordante imaginación que Pynchon despliega ante nosotros. Una imaginación que procede en secuencias, multiplicando combinaciones impensables entre personajes e historias, todo lo cual acaba revuelto en un mar de voces histéricas que hablan de paranoia, conspiraciones secretas, persecuciones incesantes y temibles monstruos humanos asomados a la cámara de nuestra computadora, a la mirilla de nuestra puerta, a nuestros sueños más indefensos.

Por sobre todo, en la literatura de Pynchon predomina la extrañeza, la irrealidad onírica, pero también la fría y meticulosa descripción de una civilización que avanza, como consecuencia de la entropía inherente al universo, a su inexorable fin.

Como una vez me dijo un amigo, el mayor fanático de Pynchon que conozco en Paraguay: “Pynchon es un viaje de ida”.

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